SUSTANCIAS VOLÁTILES, RECUERDOS ETERNOS por MELVIN ZAMORANO
- radiogaroecadenase
- 25 sept 2016
- 3 Min. de lectura

Asocio el olor a pan, muy tostado, a mi abuela, que lo cenaba todas las noches. El olor a bronceador de coco, agua del mar y papas fritas chips naturales,servidas en cucurucho de papel y entregadas al momento por una peseta, desde el carrito ambulante, de aquel viejo, que se arrimaba al náutico todos los veranos. El olor a tabaco y whisqui del bueno, cuando estaba en casa de mi mejor amigo, el pianista, y el olor a heliotropo del pelo de su hija. Las feromonas grasas e intensas, levemente admizcladas, protagonistas de mi primer beso. Las moléculas etéreas del gasóleo, impregnado en el mono de los mecánicos y el de sudor más cemento de los obreros que tomaban el transporte público. El aroma a geranio de las malas pinturas de labios, y el deformado chanel, de las señoras que salían del trabajo doméstico, todavía con reminiscencias de almidón y telas mojadas, en el residuo del vapor semiquemado de las planchas. El de la acetona de las uñas, recién pintadas, cuando se sentaban a mi lado en la guagua, a la misma hora que yo volvía a mi casa. Volvió mi tio, el capitán de la marina, con un perfume adherido a la brillantina, muy de hombre, su olor a maderas del oriente, con el toque dulzón del cacao y otros almíbares con tonalidades que dejaban su huella, durante semanas, en la toalla donde se secó las manos, al visitarnos, con su joven vigor y su inteligencia poderosa… El olor de la academia de música, con fuertes esencias de disolventes químicos, abrillantadores del marfil, en las amarillentas teclas de los pianos, y el del aliento agotado de aquella profesora, que se afanaba más y más, en enseñarme, indiferente a sus dolores y a su collarín de escayola, oliendo a heno y a mermelada de frambuesa. El cojín de mi tía, donde dormía su gato, con su estela de felino limpio y bien alimentado. El sudor de las sábanas de mi madre, con olor a cielo y gloria de progenitora perfecta y amantísima…llena de juventud y capacidad. El más insinuante olor al amor de la familia, y el más inspirador de seguridad y confianza, sus sopas, que hervían en un mediodía de hambre, pasión y avidez de una juventud repleta de ganas de vivir. La brisa, en otoño, con el halo de la castaña abrasada, en los pequeños hornos improvisados al efecto por toda la rambla… Después de salir del cine, y el regusto de entrar en calor, mientras calmaba mis palpitaciones, pues una vez más, estaba presintiendo mis aventuras y mis, vagamente, intuídas experiencias del mañana. El olor a hierba y a resina de los eucaliptus, cuando yo fijaba en mi mente las lecciones más vividas, en un patio que despertaban mi amor por el futuro y por la eternidad. Un alma, un conocimiento, un cuerpo lleno de adolescentes sensaciones y un perfume recién descubierto… que después de fashion, poseía un nombre inglés que me volvía loco y que yo a, su vez, ayudado de sus poderes mágicos y atrayentes, notaba, como iba desestabilizando a quien se me acercaba en exceso, nadie se podía resistir a sus reminiscencias de caramelizadas flores y cítricos, a la vez que finamente austeras notas, como dejando deseos de más… Conseguidas, esas fórmulas del hechizo y de la seducción, por un maestro, en un laboratorio lejano, de las impensables ciudades de Londres o París. Melvin Zamorano.



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