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PUER-PUERI CAPITULO 11

  • radiogaroecadenase
  • 19 may 2016
  • 3 Min. de lectura

Mi amiga Beatriz, iba creciendo a la par que yo, teníamos la misma estatura y los mismos kilos. Habíamos nacido con muy poca diferencia de días y en el mismo año. Al principio, no recuerdo muy bien, dónde coincidíamos en nuestras actividades, porque ella, vivía a varias manzanas lejos de mi casa. Pero fue a raíz de cambiarse sus padres de domicilio, cuando compartíamos muchas horas de ocio juntas, que iré relatando. Recuerdo salir al tenis ( así lo llamaban las monjas), que era un gran patio, donde sí vi jugar al baloncesto, y visualizo estar sentada en unos bancos de mampostería, que se situaban bajo unos eucaliptus y sauces, con muchos años de antiguedad, cuando Beatriz me sorprendió, comentándome la obra de Gabriel García Márquez, «Cien años de soledad». Yo estaba obsesionada por reunir cromos de álbumes, de todo tipo de temáticas. Ella me interesó en su conversación, por el énfasis que ponía en los relatos de Selecciones de Reader,S Digest, haciéndome hincapié en lo desgraciados que eran los fumadores en EEUU, los pocos días de vida que les quedaban a todos ellos y como lucían sus rostros, cuellos y gargantas mutilados por el cáncer, y seguían fumando con el cigarro pegado a la tráquea. En ese momento, me dí cuenta de que, por muchos problemas que hubieran en mi familia, aquello no era nada comparado a las terribles desgracias que estaba escuchando por la boca de mi preciada amiga. Yo siempre intentaba llevarla al terreno de lo guapo que era éste o el otro y así pasábamos felices los ratos de espera, para cuando sonaba la campana, dejar abandonados a los gorrioncillos, los bancos, los árboles, los cuchicheos y subir las enorme escaleras de madera que conducían a las elegantes y añejas aulas del colegio. Nuestras conversaciones eran tales como – ¿Oye, a ti que te parecen mis facciones? -Pues a mí me parecen bien. -Oye ¿tu crees que yo soy mona? -Tu sí que eres mona ¿y yo? -Pero no, dime, dime ¿cuales son mis defectos?, y yo que siempre la consideré con más gancho que yo, pues le sacaba algún defectillo para que se fastidiara. Ella no me los señalaba a mí, porque estoy segura de que se aceptaba con mucha autoestima, y poseía aparte de una sigular belleza y armonía, aquello que es el sentirse a gusto con su persona, una gran femineidad se asomaba ya a su carácter y una gran capacidad de seducción. Creo que era de una educación exquisita, para lo que se da hoy. Teníamos tal grado de presunción, que a veces ni salíamos los fines de semana, porque nos quedábamos en casa, haciéndonos tratamientos contra el acné, probábamos con la gimnasia, las cremas, los brillos de labios etc. etc., y nuestras lecturas, porque las dos ya sabíamos cuales eran nuestras preferencias, las de ella eran los buenos escritores, las mías eran los ensayos basados en los comportamientos de la humanidad. Luego llegábamos el lunes, sabiéndonos las asignaturas a medias y ella me pedía las hojas del cartapacio y yo a ella el bolígrafo, y si no teníamos, siempre estaba la intuición, que no nos podía fallar de elegir a aquella o cualquier otra compañera que nos pudiera facilitar la hoja o el boli, además de algún dato o copia de traducciones de Griego o Latín que estaban endiabladas, como la «Guerra de las Galias» y ni se sabe que más rollos de dichas materias, con el consabido vacilón, al oir en voz alta verbos del griego como el que sonaba «poieo, poiei …»que eran a toda vista hilarantes. Un día le conté a mi tía Carmita que Beatriz era mi amiga, y abriendo los ojos exlamó: Tu no sabes quién está ahí, esa niña es demasiado despabilada, tiene reflexiones de mayor. Yo pensé inmediatamente y para mis adentros, sibilina: «Eso porque no tienes ni idea de como soy yo, pues no me conoces en absoluto». Así fue que «dos cabalgaron juntas» como dice el celuloidítico western, aunque siempre abiertas a ser más en reunión, y no cerrar el círculo, para enriquecernos con las opiniones y chismillos con otras compañeras y así divertirnos más.

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