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ENTRADA DE AÑO CON LA GAVIOTA

  • radiogaroecadenase
  • 28 dic 2016
  • 2 Min. de lectura


LA GAVIOTA Y EL AMANECER. Incluso a los navíos poderosos que nos transportan en nuestras imposibles aventuras se les cuentan los años y la madurez, se valora su experiencia en la mar como los años al vino añejo, qué duda cabe de que se celebra también y se les concede, un último viaje como despedida hacia su último sueño. También el navío del 2016, nos despide en estos últimos días con un último viaje. A Diciembre, se le caen con el frío, sus últimas hojas como a nosotros se nos cae también el pelo, literal y figuradamente, mientras valoramos por todo lo que nos ha traído y damos gracias a Dios por lo que se nos ha llevado este lustro de 365 leguas. A algunos, después de este viajecito, les parecerá que el lustro se ha empeñado en lavarlos violentamente, como el océano contra las rocas de una playa y otros quizá bastante pocos, se habrán sentido mimados por una dulce marea -que como por arte de magia-, les ha hecho crecer hasta la Luna. Todos, sin embargo, habremos ganado en experiencia. Experiencia, que nos vuelve sabios, que nos vuelve o más locos o más cuerdos, pero que nos transforma y nos enseña aunque a fuerza de palos sea. Los Chamanes, por ejemplo, según los antropólogos filosóficos, en cualquiera de las innumerables culturas existentes en nuestro planeta, necesitan para convertirse en sumos sacerdotes, una condición imprescindible; haber sobrevivido varias experiencias extremas, repetidas veces, a lo largo de su vida. Algunos han sido desafiados por el destino, a afrontar pruebas imposibles en las más extremas condiciones de la naturaleza, otros han perdido a toda su familia en brutales accidentes y macabras desgracias, otros tantos han logrado vencer milagrosamente a enfermedades imposibles de superar con vida…. Lo que está claro, es que todos, seamos sumos sacerdotes, consejeros o presidentes, empleados, esclavos o sumisos aprendices, vivamos encima o debajo del péndulo sólo aprendemos a fuerza de errores, desgraciados intentos y más de alguna, no muy dulce sorpresa. Yo, con cierta sonrisa pícara y sinceridad cansada, confieso que no termino el ciclo esperando la lotería aunque todos la necesitemos, ni con una lista de propósitos viejo-nuevos para no cumplir. Confieso, que tras escapar con el timón roto de muchas tormentas, despedirme de espejismos y de tierras prometidas, izo velas hacia adelante, como ligera gaviota, con mi humilde pero digna fragata, sabiendo que con la experiencia he aprendido a huir de lo contaminado y turbio y echar el ancla en las limpias, claras y bondadosas aguas. POR ÁFRICA BARBAS.

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