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CARTA A MI APRECIADO IMPRESENTABLE

  • radiogaroecadenase
  • 11 ene 2017
  • 3 Min. de lectura


Carta a mi apreciado impresentable. Estimado/a amante profesionalizado, amigo y amiga envidioso, y en general, a todo sujeto indeseable, que he tenido el placer de conocer y la alegría de dejar marchar de mi vida: Te escribo porque hace mucho tiempo que no lo hago, te pienso poco, aunque ciertamente, te confieso, que en concretos y apacibles momentos, de esos que suelo pasar en el trono de mi cuarto de baño, aferrada a mi novela clásica en versión original, me robas, de vez en cuando, algún que otro pensamiento furtivo. Me acordé de ti, ya ves, y me he decidido a escribirte. Antes de nada, y ya que estrenamos un año nuevo, me gustaría desearte lo mejor que pueda haber entre el cielo y tierra, allá donde eso se encuentre, y que rezo para que tu existencia goce siempre de todo lo más maravilloso que se pueda conocer; satisfactorias experiencias, aprendizajes gratificantes, y sensaciones plenas, pues desgraciadamente, mientras te conocí, nada en este mundo pareció nunca satisfacerte, y yo, no te quepa duda y pese a todo, sí que espero que seas feliz, por lo menos de vez en cuando, cuando es humanamente posible. Gracias por haberte sentido siempre tan cómodo y cómoda en mi presencia y haberme premiado a cambio con lo peor de ti mismo o misma. Te perdono porque sé que las situaciones de confianza y la educación nunca fueron tu fuerte. No hay nada que te guste más y te proporcione una sensación más hogareña que la de premiar a los demás con tus flatulencias a destiempo, tus indiferencias, y tus comentarios sarcásticos y crueles. Te ruego que me disculpes pues todo ello, me han hecho más fuerte, especialmente, las flatulencias. Recuerdo todavía con sorpresa, cómo te empeñabas en rebajar, criticar y desanimar con tanto empeño cualquiera de mis iniciativas, ya fueran creativas, académicas o de cualquier índole o cómo a veces utilizabas el amor o el cariño, o incluso hasta mis meros modales como arma arrojadiza en mi contra, encontrándome más de una vez chantajeada o en situación de total desventaja ante tu mordaz persona. Tampoco creas, que me considero una víctima, pues sé que muchas otras personas te han tenido que padecer, pues bajo el bello cielo, todos nos perfeccionamos con duras pruebas. Además, tú no sabes ser de otra manera y haces lo que puedes. Te compadezco, porque sé que tu mente torturada, tu personalidad contradictoria y conducta incoherente son todo lo que llegarás a poseer nunca, además de todo lo banal y superficial que tu corazón materialista y egoísta te permitan. No te miento cuando te digo que con incredulidad a veces repaso en mi mente, la innumerable lista de pretensiones descaradas y aprovechadas que no dudabas en exigir con total desvergüenza y por supuesto, sin ningún sentido de la realidad. Las expectativas que proyectabas hacia mi persona eran cuanto menos ridículas. Insisto, de todo lo anterior, parte de culpa tengo, pues siempre fui blanco fácil para sujetos narcisistas y egoístas, pues durante mucho tiempo, mi naturaleza fue bastante pusilánime, mi autoestima más amiga de la humildad que de la soberbia y mi gran ansia por ganarme el cielo me hizo siempre ser, ridículamente paciente. Con entusiasmo, te comunico que cierta vileza con la que me contaminaste me ha venido muy bien, para crecer como persona, vencer parasitismos absurdos y afrontar la vida, con cierto humor mordaz, valorando cada vez más a las buenas y especiales personas que la vida me otorga el privilegio de conocer. Sin tu pobre existencia, querido mequetrefe o querida machanga, las personas de valía, aquellos que se esfuerzan por cultivar sus virtudes, no me resultarían ni tan valiosos ni tan deliciosos, como lo hacen, ni me resultaría el mundo tan mágico, como cuando me comparto con ellos. Gracias por siempre y hasta nunca. África Barbas.

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