top of page

JOSE CARLOS GAVILÁN Y SAN BORONDÓN

  • radiogaroecadenase
  • 4 jun 2016
  • 5 Min. de lectura


JOSE CARLOS GAVILAN Y UN HOMENAJE A SU PADRE «Hoy se cumplen tres años de la muerte de mi padre, fue un hombre honesto y ejemplar, un gran poeta que miraba la vida desde la otra orilla, mi gran amigo. Sirva este artículo de homenaje a su memoria.» SAN BORONDÓN Los griegos, romanos, tartesos o fenicios imaginaron siempre el paraíso vinculado a unas islas. A estas islas nos las describen pletóricas de bienes, de dulcísimos climas, de bellos paisajes y de ricos tesoros para el alma y para el cuerpo; islas que más parecían la residencia de un dios que habitación de mortales. En la Edad Media, en las islas supuestas o no, que los cartógrafos dibujaban en el Atlántico, se hacía situar una función casi mágica, donde era posible larga vida, curar las enfermedades más desastrosas, vivir a expensas de alimentos celestes, garantizar la vida de santidad. Pero también existían otras islas donde se encontraban seres malignos, o la tierra del diablo ¾la isla de Satanás¾ o el lugar de los pájaros o el de las aves rapaces e incluso la gran isla donde podría estar el paraíso. Del mismo modo existieron islas salvajes, de los antropófagos, e incluso las islas de las mujeres, de las amazonas. Torcuato Tasso terminó en 1575 su obra Jerusalén Libertada, en la que el guerrero Ubaldo y el Danés llegan a unas islas que “eran llamadas por los antiguos Afortunadas. Eran, según fama, tan amadas del cielo, que producían los más sabrosos frutos sin necesidad de cultivo, y las viñas daban los más exquisitos racimos sin el auxilio del arte.” Cervantes pone en boca de Piriancho también una maravillosa descripción: “nos hallamos en la ribera de una isla no conocida por ninguno de nosotros… y pisamos la amenísima ribera, cuya arena la formaban grano de oro y de menudas perlas… prados cuyas hierbas no eran verdes por ser hierbas, sino por ser esmeraldas, en el cual el verdor las tenían no cristalinas aguas sino corrientes de líquidos diamantes formados. Descubrimos luego una selva de árboles donde pendían ramos de rubíes topacios… con el son de los infinitos pajarillos. Y efectivamente en el Atlántico existieron de siempre múltiples leyendas de las islas fantásticas que glosaron en sus obras los literatos o dibujaron en sus cartas los geógrafos. De estas islas imaginarias unas se plasmaron en territorio real, mientras que otras subsistieron como mitos hasta casi nuestros días. Vicente Blasco Ibáñez en su obra Los Argonautas, escrita en 1915, nos narra la versión del mito: San Brandan abad escocés del siglo VI, que llegó a dirigir a tres mil monjes, se embarca con su discípulo San Maclavio para explorar el Océano en busca de unas islas que poseían las delicias del paraíso, y estaban habitadas por unas tribus que tenían un dios a quien llaman Achamán, que quiere decir en nuestro lenguaje: “sustentador del cielo y la tierra”. Se inicia así una acción misional evangelizadora manteniendo un profundo respeto por sus creencias y valores, sin imposiciones, y sin dejar entrever su superioridad por sus mayores conocimientos; se trataba de personas con pureza de corazón más preocupados por su sentido existencial. Todo esto no tuvo continuidad hasta la llegada de los nuevos pobladores, los españoles, que ya con sus órdenes religiosas lo llevaron a cabo en forma de cruzada. Durante la navegación, un día de Navidad, el Santo ruega a Dios que le permita desembarcar para decir misa, e inmediatamente surge una isla ante las espumas que levantaron la galera. Terminados los oficios cuando San Brandan vuelve al barco con sus asombrados acólitos la tierra se sumerge instantáneamente en las aguas. La leyenda surge hacia el siglo sexto cuando San Brandan de Clonfert (480/576), fraile irlandés, decide emprender un viaje maravilloso y entre las islas que recorre cada año, durante los siete que dura su travesía en busca del paraíso, encuentra una isla movediza, que resultó ser una ballena. La ballena significa este mundo: todos los que creen haber hallado reposo en este mundo se ven engañados en sus locos deseos; pues todas las cosas mundanas son efímeras como lo es también nuestra efímera existencia. Arrebata nuestra atención una enigmática isla para transmitirnos el sentido de lo eterno, como significado de la verdad más elevada. Su leyenda, nos ayuda a desvelar aún más el misterio de la vida en el que se entrelazan o se anudan el mundo visible e invisible. También nos pone en alerta ante los inesperados peligros que una movediza realidad nos va presentando, y como éstos, a veces tan aterradores, van dejando un temor latente en la “la angustia existencial”, y en aquellos aspectos esenciales de la frágil existencia humana. Parece guardada Sobrenaturalmente, aunque también se dice que esta isla se encuentra de vez en cuando, pero posteriormente al intentar alcanzarla, de un modo u otro elude la búsqueda y no se la encuentra por ninguna parte. San Brandan en su peregrinación espiritual en la búsqueda de la verdad transforma toda su vida, y que culmina con la inmensa alegría de encontrar la isla de los sueños; “navegamos sin temor en busca de otros mares, para llegar a esa otra orilla al final de los tiempos, donde la arena es Cielo”. La tradición canaria cuenta con leyendas que mezclan la aparición de la isla con el día de S. Juan Bautista, con el solsticio de verano. J. Bethencourt Afonso señala en una de sus obras que ese día los herreños “se levantan temprano para ver bailar el sol, para ver la isla de San Borondón”. Resume Cervantes, “la isla de San Borondón Encantada vale más que diez San Borondones descubiertas”. San Borondón es símil de la búsqueda constante de la isla ideal, la isla inventada pero deseada, un símbolo que ha superado el paso del tiempo como tema siempre recurrente de nuestra historia, nuestra geografía y nuestra literatura, lo que ha incrementado ¾aún más si cabe¾ el mundo imaginario y mitológico en el que se ha desarrollado el pasado histórico de nuestra región. La isla de San Borondón convertida en un mito, ha representado en la tradición canaria una tensión entre la realidad y la imaginación, de ahí que el infructuoso intento de plasmarla geográficamente y el fracaso de las indagaciones que se han llevado a cabo para descubrirla no hayan hecho sino ahondar más en su inicial estructura mítica. Mi padre habla con mucho cariño de nuestras islas de El Hierro y San Borondón: Felices y mortales que viven en estas islas Únicas en el mundo entero. ¡Qué buena gente tienen sus pueblos!, Sus nombres son Las Canarias Y también las Afortunadas. Sus campos son tan laboriosos Que en vez de campos dan la impresión Que jardines son, y todos los que nos Visitan les causa admiración… Siete islas son, pero yo digo que no, Que también está la Graciosa y San Borondón. Siempre San Borondón está al lado de su Compañera que es El Hierro, que de noche Y de día le transmite su calor. A veces emerge de las profundidades Y cuando tan frondosas ve a todas Sus compañeras, San Borondón Se vuelve al fondo de los mares. Alejarse no se aleja nunca de su Compañera. El Hierro siempre, siempre a San Borondón consuela y le dice: ¾San Borondón, Quédate ya de una vez, quédate en la superficie; Así te dará el sol que sólo en Canarias existe, Y de noche verás lo bonito que es el cielo, La luna y las estrellas de noche a todas nosotras Siempre nos alumbran y nos protegen. San Borondón yo te prometo que si decides Quedarte en la superficie a tu lado yo estaré, San Borondón en silencio, le contesta, Aunque quiera yo no puedo bonita isla De El Hierro. Aunque quiera yo no puedo, Me debo a las profundidades de estos amorosos mares.

Comentarios


bottom of page