CRÓNICAS SIN TIEMPO por MANUEL PÉREZ RODRÍGUEZ
- radiogaroecadenase
- 30 jun 2019
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OLYMPUS DIGITAL CAMERA rbsh “PROSAS POÉTICAS” DE MANUEL PÉREZ RODRÍGUEZ CRÓNICAS SIN TIEMPO: Semeja una gran Caldera semiderruida y no lo es. La isla está pletórica de grandes escarpes y enormes laderas. Isla sur e isla del poniente de un Archipiélago de sueños inacabados. Isla bimbache de grandes miradores que invitan a soñar despierto. Isla mágica con una profusión de enigmas perdidos en las huellas de unas gentes que han sabido vivir las puras esencias de un valle, de una meseta y unos conos volcánicos que emergen de una isla oceánica. Isla de inmensas pendientes y pocos barrancos. Isla donde Eolo realiza con furia sus travesuras retorciendo árboles y jugando con fuertes remolinos sobre la placidez de una tierra dura, pródiga e inmensamente bella. Isla aromada por los pinos en las alturas sureñas mientras la costa se acr4isola de tabaibas, jirdamas y calcosas. Isla donde reinan las sabinas con la apoteósis arbórea de las mismas en el singular paraje de La Dehesa. Mientras que en El Fayal son las feraces hayas, las que invitan a soñar despierto dando una especial gama de glaucos al paisaje torturado por las lavas. Las retinas de los ojos de los que amamos profundamente la natura se iluminan y se sorprenden con las laderas del El Golfo, moteadas de acebiños y barbuzanos de la esbeltez de los palo blancos y de los laureles que compiten con una profusión de castañeros. Los castañeros se convierten cada otoño en unos especiales protagonistas con sus preciados frutos, dando lugar a populares tafeñas donde los herreños saben compartir cordialidad, hospitalidad, buena vecindad y el suficiente jolgorio en torno a las viandas, bailes y cantares donde impera una tradición de siglos que denota la identidad de un pueblo emigrante pero que guarda unas raíces profundas, conectadas con el corazón de su isla natal. Y en Los Lomos, un frondoso tilo se convirtió en leyenda. En mito y en realidad. La condensación de las brumas en las hojas del árbol, hacía gotear el árbol sobre la alberca, y se convertía en la suprema fuente para los indígenas, el Garoé de los bimbaches, arrasado un día por un vendaval. Hoy, otro árbol nos enseña el regalo de los alisios acariciando sus hojas pletóricas de esperanzas. En cambio, en las alturas de la vertiente sur, se impone el Sol y son otros los aromas. Los pinos y los tomillos impregnan el ambiente hasta acompañar más abajo, la bella profusión de los almendros de cada invierno, brindan sus hermosas flores, que se alternan con los glaucos brotes de las higueras y anuncian la promesa de la primavera. Manuel Pérez Rodríguez OLYMPUS DIGITAL CAMERA



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